Melvin Villarroel: un filósofo del espacio y la forma

Compartir Diana Morales | Oct 6 2011

Una arquitectura que rellena el vacío

Durante los más de 35 años que Melvin Villarroel estuvo trabajando en Marbella se ganó una merecida reputación que comenzó con el diseño del emblemático hotel Puente Romano. Su filosofía del diseño espacial ha tenido una profunda influencia en la Costa del Sol, con grandes proyectos residenciales como Cabo Bermejo y Torre Bermeja, La Alcazaba, Costalita y Almenara, entre los muchos que quedarán para siempre identificados con su interpretación de las líneas sensuales y ángulos redondeados de los estilos del sur de Marruecos. Trajo a Marbella las tonalidades terracota de lugares exóticos como Ouarzazate, pero también introdujo su laberinto de detalles orgánicos siempre en consonancia con la vegetación y el entorno natural.

La aceptación de la responsabilidad del arquitecto respecto a la naturaleza fue un rasgo fundamental de uno de sus mayores proyectos, el Grand Hotel Abama. Este lujoso complejo hotelero en la costa sur de Tenerife incluía villas, un centro de congresos, un puerto deportivo y un campo de golf de 36 hoyos, y sin embargo Villarroel hizo que se integrase como parte del paisaje natural. Es poco habitual que un arquitecto se preocupe tanto por el paisajismo y la vegetación como por el diseño de las estructuras que crea; comentarios tales como “el hombre pertenece a la tierra y no la tierra al hombre” son indicativos del respecto que Melvin Villarroel sentía hacia el entorno.

Su pasión por el trabajo ha sido claramente contagiosa, pues sus cuatro hijos han seguido sus pasos dando lugar a una dinastía única de arquitectos que comenzó en Bolivia, su patria, y se arraigó firmemente en Marbella, aunque sus proyectos se extienden más allá de esta ciudad situada a orillas del mediterráneo. Jugó un papel esencial dando forma y personalidad a Marbella y en 1994 fue galardonado por el Ayuntamiento por su contribución al embellecimiento de la ciudad.

Tales premios reflejaron su compromiso inquebrantable, mientras que su éxito comercial no fue en detrimento de su estatus de arquitecto pensador y sensible. Un verdadero filósofo del espacio y las formas, Melvin Villarroel fue un diseñador consciente de que cualquier construcción tiene un impacto en su entorno más inmediato. Lamentablemente falleció en 2010, pero el que suscribe estas líneas tuvo el placer de entrevistarle unos años atrás. “Claro está que el arquitecto no es la única persona involucrada” dijo. “Hay que satisfacer las necesidades del cliente y construir un edificio seguro, funcional, atractivo y económico conforme con la reglamentación urbanística. Pero un buen arquitecto sabe compaginar todas estas necesidades con la estética para enriquecer, no destruir, el entorno de una zona.”

Volúmenes más ligeros
Un excelente ejemplo es la manera en la que suavizaba el impacto visual de los proyectos de gran envergadura, desgranando los volúmenes con la ayuda de jardines exóticos, terrazas y diferentes niveles. “Los viejos maestros hablaron de la ‘sagrada ley de la arquitectura’ que no sólo dictaba los cálculos estructurales sino también las proporciones entre las zonas construibles y el espacio natural. La realidad no siempre lo permite, pero existen muchas maneras creativas de construir los mismos metros cuadrados y a la vez evitar la construcción de enormes torres cuadradas”

Villa en venta en Los Flamingos Golf, Benahavis

Aunque fue uno de los primeros arquitectos de la Costa del Sol que incorporó en sus diseños los colores, maderas tropicales y techos de estilo polinesio, Villarroel era fiel a los estilos tradicionales andaluces como su punto de referencia.

Rechazando la idea de un estilo internacional ‘todoterreno’, Melvin creía que la arquitectura es una de las maneras más tangibles en las que un país ó región pueden expresar su identidad cultural y por lo tanto debe poder integrarse dentro del paisaje cultural. “La arquitectura es como la música, puede ser una cacofonía ruidosa ó una preciosa sinfonía”. Esperemos que estas palabras se mantengan vivas en las nuevas generaciones de arquitectos.


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