Jimena de la Frontera

Compartir Diana Morales | Feb 1 2012

Jimena de la Frontera es un pueblo de paredes encaladas de color blanco en un mar de verdor a media hora de la costa de Sotogrande y a una hora de la de Marbella.

Sin lugar a dudas se trata de un pueblo blanco andaluz pero -en muchos aspectos- Jimena de la Frontera no encaja con las típicas localidades que se levantan al borde de las montañas del suroeste de la Serranía de Ronda. A pesar de seguir con la tendencia a erigirse en una de esas colinas altas y protectoras  que se elevan hasta una cima coronada por un castillo, en el caso de Jimena, éstas no son precisamente escarpadas, ni exigen que los viajeros conduzcan por una carretera que ponga el pelo de punta para alcanzarlas. Jimena de la Frontera es una combinación perfecta para los amantes de la calma y de lo pintoresco de los tradicionales pueblos blancos andaluces, pero no del vaivén de las carreteras.

De hecho, llegar a esta pequeña localidad es parte del placer: recorrer las suaves pendientes a través de verdes valles y tierras de cultivo hasta el paraje blanco que se esconde al borde del poderoso Parque Natural Los Alcornocales. La Estación de Jimena, la hermana pequeña de la localidad, es el primer punto de contacto con Jimena de la Frontera. Se estableció en un altiplano a finales del siglo XIX y se desarrolló alrededor de una estación de tren rodeada de campos de cultivo y de industrias agrícolas.

Lo auténtico
Jimena de la Frontera es un pueblo compacto, con sus calles empinadas y empedradas, sus íntimas plazas y su sorprendente variedad de encantadoras casitas e iglesias. Dado su carácter agrícola, su ambiente es auténticamente rural. Cuenta con varios pequeños hoteles, pero aún así no es el tipo de lugar al que llegarían autobuses abarrotados de turistas cámara en mano. Sin embargo, para los visitantes es un placer recorrer sus callejuelas con libertad, sus escaleras y miradores que dan a las apacibles casas de campo de Jimena.

Un pequeño número de extranjeros ha comenzado a asentarse en la localidad, pero en general son aquellos que quieren disfrutar de la vida auténticamente andaluza los que se instalan en estas zonas, atraídos por que aún no han llegado los bares irlandeses ni los McDonald’s. Jimena de la Frontera es un lugar en el que ver a los niños dar patadas a un balón, a los ancianos reunidos para charlar en la plaza, a las señoras interrumpir sus tareas domésticas para comentar los últimos chismes del pueblo, a familias enteras congregarse en la terraza de un restaurante.

La popularidad de Jimena de la Frontera viene dada por su carácter agrario y por ser incluso más tradicional que algunos otros pueblos blancos de la zona, pero también por el hermoso y amplio paisaje de Los Alcornocales, con sus raros ejemplares de pinsapo, los interminables alcornoques, los valles, los barrancos y las cumbres de las montañas. Es por eso por lo que los visitantes llegan desde lejos para recoger diferentes variedades de setas silvestres en visitas guiadas. Otra actividad popular es la de asistir a la berrea del ciervo durante el otoño, en plena época de apareamiento. Vecinos y visitantes realizan un picnic en el campo con la esperanza de ser testigos de la característica y poderosa llamada del ciervo. Precisamente la clase de excentricidad que se espera de un pueblo en mitad de un paraíso natural.


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